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Tegucigalpa, Honduras. En la zona de La Travesía, las Hermanas Josefinas sirven almuerzo de lunes a viernes a niños de 2 a 14 años, en una rutina que lleva más de dos décadas sosteniéndose.
Aunque suene sencillo, más allá del alimento, el buen trato es lo que nutre a los pequeños, quienes disfrutan de una atención personalizada y familiar en donde se le llama a cada niño por su nombre.
Esta vez, el Banco de Alimentos de Honduras llegó junto a voluntarios de Banco Atlántida para entregar alimentos y productos de higiene a 31 familias vinculadas al comedor infantil. Los expedientes de esos niños forman parte del registro que la Congregación de Hermanas Josefinas Trinitarias actualiza de forma anual para conocer la realidad de cada hogar, verificar condiciones familiares y dar seguimiento a quienes más lo necesitan.
La jornada comenzó con bolsas alineadas y un grupo de voluntarios esperando instrucciones. Sobre una mesa, los productos tenían un orden preciso: arroz, azúcar, pasta, leche, margarina, manzanas, detergente y artículos de higiene personal. En otra mesa, se confirmaba el nombre de cada familia antes de retirar la ayuda.
Detrás de esa escena hay una operación que pocas veces se ve completa, rescatar alimentos, trasladarlos, almacenarlos, clasificarlos, armar paquetes y entregarlos. En esta jornada, además de alimentos, se incorporaron productos de higiene personal. “Estamos tratando de hacer algo más integral”, explicó Eduardo Andrade, jefe de Alianzas Estratégicas y Programas del Banco de Alimentos de Honduras.
La historia de las Hermanas Josefinas en La Travesía comenzó hace 26 años, con una clínica médica instalada en una zona donde los servicios de salud eran insuficientes. Con el tiempo, las consultas empezaron a revelar otro problema, niños con señales de desnutrición.
Así nació el comedor infantil. Primero fueron tres o cuatro mesas en un patio. Hoy, el espacio atiende diariamente a 70 niños. El almuerzo se sirve entre las 11:30 de la mañana y la 1:00 de la tarde. No todos llegan juntos. Algunos pasan antes de ir a clases; otros llegan al salir de la escuela y luego regresan a casa.
La comida es el centro, pero no es lo único. Para ingresar al programa, cada año se realiza un estudio socioeconómico. Las hermanas visitan las viviendas, verifican las condiciones familiares y llevan control de peso y talla. Cuando hay apoyo disponible, también se realizan análisis y seguimiento médico.
En una pared del comedor hay dibujos infantiles, estrellas de colores, cohetes, caricaturas y una frase que podría pasar inadvertida: “Las palabras mágicas iluminan nuestro universo”. Debajo aparecen palabras como “gracias”, “permiso”, “buenos días” y “¿me puede ayudar?”. Cerca, una oración escrita para los niños pide por la familia y por la paz.
Las hermanas no solo sirven almuerzos. También enseñan hábitos como recoger el plato, saludar, pedir por favor, respetar el turno y sentarse a comer con otros.
Además del alimento preparan otras alegrías. Una vez al mes celebran los cumpleaños. Algunas veces, contó una de las hermanas, hay niños que ni siquiera saben con claridad cuándo nacieron. “Ellos necesitan muestras de amor, por eso siempre les decimos que son importantes, porque a veces más que el alimento lo importante es que se sientan queridos”, explicó.
Para muchos niños la comida es urgente, pero el trato también alimenta. Sentirse visto, reconocido y esperado también forma parte del cuidado.
La jornada forma parte de una alianza más amplia entre Banco Atlántida y el Banco de Alimentos de Honduras, articulada alrededor del programa Nutriendo Corazones. La iniciativa busca fortalecer la seguridad alimentaria mediante el rescate y distribución de alimentos, acompañamiento nutricional y acciones junto a organizaciones que trabajan directamente con población en situación de vulnerabilidad.
“Banco Atlántida participa en esta agenda no solo como donante. Somos socios fundadores del Banco de Alimentos de Honduras, formamos parte de su Junta Directiva y acompañamos de manera continua jornadas de voluntariado que nos permiten estar más cerca del trabajo en territorio”, comentó Yanivis Izaguirre, gerente corporativo de Comunicación Estratégica, Reputación y Sostenibilidad de Grupo Financiero Atlántida.
“El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2, Hambre Cero, puede sonar lejano si se comunica únicamente como una agenda global. Para Banco Atlántida, esa meta se materializa cuando un niño logra almorzar antes o después de clases, cuando una madre recibe alimentos para su familia o cuando una organización como las Hermanas Josefinas puede sostener y garantizar el trabajo que ya realiza todos los días”, agregó.
En Honduras, la seguridad alimentaria no se resuelve con una sola jornada. Pero cada entrega bien organizada protege algo que sí puede perderse rápido: la continuidad. La continuidad en el funcionamiento de un comedor. La continuidad de un control nutricional. La continuidad de una madre que tiene adónde acudir. La continuidad de un niño que llega, come, recoge su plato y escucha que su vida importa.